27 de septiembre de 2017

Uno menos en la pila...

¿Qué tal criaturas extrañas que leéis libros? Pues aquí me ando, esquivando responsabilidades, como siempre. Remedios últimamente me lanza indirectas para venir con los Indeterminados. No es que yo no quiera, es que ahora no tengo mucho tiempo, la prueba es la cantidad ingente de sesudas críticas que publico por aquí… Bueno, creo que ese argumento no podré dárselo a mi queridísima mona gemela. ¿Cuánto ha pasado desde la última reseña?, ¿eones?, que diría «cucumberface» Lovecraft. El caso es que no quiero cabrear a nadie más, y es que el Calvo me dio un toque de atención, que si esta reseña estaba comprometida desde hace tiempo, que si así le agradecía todo lo que ha hecho por mí, que si el Betis este año parece que sí (al final será que no, he estado informándome en los bares sobre los méritos deportivos de este equipo)… Total, que se ha puesto pesado, que qué ha hecho por mí dice el tío vaina, pues aparte de echarme una cubetá de pipas y cuatro tajás de melón mal contadas por la reja para que no me muriera de hambre pues no se me ocurre mucho más. Exigir, y yo claro, en el ratito que me abría la puerta, pues chutando para los bares (es impresionante lo poco que tarda la gente en acostumbrarse a que un mandril se tome unas cañas a su lado, los bares son espacios de concordia y hermandad, eso me dice mi experiencia). En fin, que ya no sé ni lo que estaba diciendo, este verano muerto me tiene como un cochino en San Martín, pelín desquiciaico. Que no puedo aplazar más esta reseña, que estoy harto de las directísimas indirectas de Remedios con fondo de caos infantil, que el Calvo va de salvador y es un puñetero dictador acomplejado y que otra vez me he vuelto a perder.

El-Alcornoque, portada. Acercamientos
Bueno, me pongo serio, fino y analítico, y os comento un poco de lo que me ha parecido esta novela, El alcornoque de los muertos. Unainvestigación del sargento Carmelo Domínguez (ya pueden respirar que se ha acabado el título).

«Cada uno con sus gustos, menos si dan disgustos», que decía mi abuela Mari Carmen. Y en eso me he estado empleando toda mi vida. Obviando los apartados sórdidos que a nadie interesan, me centraré en como aplico esa máxima familiar (que después tenía un significado oculto que venía a ser algo así como o haces lo que te digo o te doy cosquis hasta que te acuerdes de ser otro) al mundo de los libros. Vamos, que paso del canon, sea eso lo que sea, que yo tengo mis gustos y que en ellos manda mucho el ir alternando seso y divertimento. Una de pensar hasta que se te inyecten los ojos en sangre y otra para relajarse como si te hubieras pegado un día entero revolcándote en una torrentera polvorienta para desparasitarte. Pues bien, esta obra que nos traer la editorial SinErrata (dejo abierto el dilema de cómo se escribe el nombre de la susodicha) pertenecería más bien a la segunda categoría, aunque tiene algunos puntos que, si bien no la convierten en una sesuda novela de las que no se entienden, sí le aportan un plus más allá de la linealidad de tipo listo investiga crímenes en que se suelen basar estas obras. Porque eso es otra, se trata de una novela negra, negra pero rural, rural pero con un puntito de crónica histórica, histórica pero negra, y así todas las vueltas que le queráis dar. Noir rural (que resulta que es una etiqueta que existe), novela negra de charol y tricornios, novela de pueblo aislado y rencillas, novela negra como un jamón curado al lado de una chimenea… El lector que le ponga la calificación que quiera, tampoco importa mucho mientras que conecte, y eso no será muy difícil porque es bastante ágil, con el ritmo de la narración y se deje llevar por él.

Esta historia es la segunda parte de una saga que se inició con Elcaso de la mano perdida, protagonizada por el mismo personaje icónico: el Sargento Domínguez, que es algo así como si David Bowie se enamorara de Chumari Alfaro y gestaran un hijo en el útero de un perro husky con afición a los curruscos de pan —entenderán la comparación cuando lean la obra, o puede que mejor inventen una propia; por cierto, ¿seguirá vivo Chumari?, su desaparición sería un caso ideal para el sargento hechizado, que así le dicen también al buen hombre porque tiene los faros cada uno de un color y eso, claro, en ese tiempo y ese lugar pues da repeluco. Tranqui todo el mundo, no es un musical sobre un picoleto que bebe orín por la mañana, es algo un poco menos demente y mucho más entretenido. El caso es que el Calvo me pasó esta obra porque él ya había comentado la precedente y quería cerrar el círculo. Y oye, igual que antes echaba pestes de cómo me trata, ahora tengo que tocarle las palmas y agradecerle que me haya puesto en contacto con el mundo de este Carmelo Domínguez que tiene una idiosincrasia más que propia, unas maneras no muy modernas (añadan al mejunje anterior algo de chamán de Sierra Morena) y unos colaboradores y entorno de lo más pintorescos e interesantes. El caso es que tras leer este alcornoque que es como un perchero del Cortinglé me fui a por el primer libro. Vosotros hacedlo al revés, merece la pena.

El caso es que se trata de una novela ágil, con un estilo sencillo pero que consigue transmitir riqueza psicológica y de trama. La sencillez no está reñida con una cierta profundidad. Tiene mucho de retrato costumbrista, se reflejan una época y un lugar muy concretos. Usos, tradiciones (y traiciones), ambientes, relaciones de poder y otras características que nos meten de lleno en la historia están bien conseguidas por el narrador. Vamos, que te lo crees, y para un mono como yo, ignorante hasta hace poco de lo que pasó durante esos años, según la novela tirando para oscuritos, por estos lares, resulta de lo más informativa y pedagógica (alguno más habrá que sin necesidad de venir de África necesite estas instrucciones y sapiencias).

Fernando Roye, El alcornoque... Acercamientos
El autor debidamente ataviado
El plato fuerte es el carácter y la forma de llevar las cosas, topalante, que tiene el señor Domínguez. Él sostiene la novela con sus rarezas, intuiciones y premoniciones que dejan a la concurrencia con las patas colgando. Como también he dicho, me repito más que el ajo, el sargento tiene unos secundarios de lujo, porque no todo va a ser investigar y pasar frío por esos páramos jiennenses (muchas enes aquí veo yo), también tiene que haber vida familiar, penares y alegrías, insidias, envidias de pueblo, tabernarias situaciones, vamos que los alrededores están floridos y no todo es un hombre embozado en su capa persiguiendo al malo (por cierto, hay un cameo de un bandolero por ahí que me gustó mucho; no, no es Rodolfo Sancho haciendo de su padre, tranquilo —lo que me ha cundido a mí este tiempo con el interné todo el día furulando, me saco el examen de ciudadanía fijo—).

A pesar de algún pequeño error, pecaditos menores, uno se queda con ganas de más. El autor, Fernando Roye (no os perdáis su blog, dedicado a esta serie de libros, lamirada azul y negra) se ocupa de dejarnos abiertos algunos frentes que pueden dar para varias secuelas. Hay una rivalidad con un compañero de acuartelamiento que a mí me parece que puede dar mucho de sí.

Palabra de mandril, El alcornoque de los muertos. Acercamientos
En resumen, que sí, que un buen rato asegurado. Si os convence lo que os digo acordaos de leer empezando por el primer libro, ya que os ponéis hacedlo bien. Yo me retiro a mi cubil a esperar una nueva entrega de esta serie (si la hay) y a buscar nuevas lecturas que utilizar como excusa para dejar paralizada mi vida.


Palabra de mandril.

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